Paraguay
Opinión | Cartes, el jefe puesto a prueba
El choque con Alliana dejó al descubierto que la autoridad de Honor Colorado ya no se ejerce sin costo. ¿Cartes conserva la capacidad de ordenar el movimiento o debe empezar a negociar?
La política tiene reglas no escritas. Una de ellas dice que las diferencias de una fórmula se negocian puertas adentro y se anuncian cuando hay acuerdo. Pedro Alliana eligió otro camino. Después de que Horacio Cartes señalara públicamente a Juan Carlos Baruja como su candidato a vicepresidente, Alliana respondió ante la prensa que la decisión sobre su compañero de fórmula le correspondía a él y que la definición quedaría para después de las municipales. El desacuerdo dejó de ser un murmullo interno: quedó a la vista de todos.
Alliana podía discutir el nombre de Baruja. Lo que puso en cuestión, sin embargo, fue algo más delicado: quién tenía la última palabra. Cartes había presentado al vicepresidente como su apuesta para 2028; Alliana aceptó esa precandidatura, pero no aceptó que el jefe del movimiento cerrara por él toda la fórmula. En un espacio construido alrededor de un liderazgo vertical, ese gesto fue leído como un desafío.
Cartes pudo haberlo considerado una señal de insubordinación. Y, desde la lógica de quien conduce una fuerza política, su reacción resulta comprensible: después de las municipales, retiró el respaldo a Alliana y, según lo que el vicepresidente dijo públicamente, optó por Baruja para encabezar el proyecto. La secuencia tiene una lógica política conocida: el líder que percibe que su autoridad es desafiada intenta demostrar que conserva la facultad de elegir y reemplazar a sus candidatos.
Pero la decisión también tiene un costo. Cartes no solo apartó a un aspirante; convirtió una discusión de conducción en una prueba pública de su poder. Si la orden se cumple sin resistencia, habrá reafirmado que Honor Colorado sigue respondiendo a su mando. Si Alliana conserva apoyos suficientes para sostener su candidatura, dentro o fuera del movimiento, quedará demostrado que la autoridad del jefe ya encuentra límites.
El momento agrega presión. En las municipales del 4 de octubre, la ANR mantuvo una amplia presencia territorial, pero perdió Asunción y no logró recuperar Ciudad del Este, dos ciudades centrales. El resultado abrió reproches internos sobre la estrategia y sobre el modo en que Cartes conduce. No explica por sí solo el cambio de chapa, pero ofrece el telón de fondo de una disputa por quién interpreta mejor el futuro electoral del coloradismo.
La primera respuesta llegó desde los departamentos. Los quince gobernadores colorados ratificaron su apoyo a Alliana para 2028 y plantearon que su compañero de fórmula debería surgir de las gobernaciones o de la bancada de Diputados; de lo contrario, dijeron, el bloque no respaldaría esa elección. Ya en septiembre varios habían cuestionado la forma en que Cartes anunció a Baruja como vicepresidente, y uno de ellos habló de que las imposiciones no gustan. ¿Es una rebelión contra el jefe? Todavía no necesariamente. Los gobernadores no anunciaron que rompían con Cartes ni desconocieron formalmente su conducción. Pero sí mostraron que pueden defender un candidato propio, poner condiciones sobre la fórmula y hacer visible su desacuerdo. Para un liderazgo acostumbrado a ordenar, que sus cuadros territoriales expongan esa autonomía ya es una advertencia.
En este nuevo tablero cobran importancia los sectores de Mario Abdo Benítez y Hugo Velázquez. No porque ya se hayan alineado con Alliana, sino porque la crisis de Honor Colorado puede devolverles capacidad de negociación. Si el oficialismo se divide, cada corriente disidente podría ofrecer dirigentes, estructura territorial y votos internos a quienes busquen una alternativa a Cartes.
Pero tampoco conviene tratarlos como un bloque unido. Abdo impulsa la articulación de la disidencia y ha promovido a Arnoldo Wiens como referente para conversar con otros sectores. Velázquez, por su parte, conduce Fuerza Republicana y también busca consolidar su propio liderazgo dentro de la ANR. Los dos espacios se reunieron junto con otros dirigentes antes de las municipales, una señal de coordinación frente al cartismo; al mismo tiempo, la disputa entre sus referentes por quién conduce la disidencia sigue abierta. Su coincidencia actual es táctica: contener o disputar la hegemonía cartista. No significa que tengan un acuerdo presidencial cerrado ni que vayan a respaldar automáticamente a Alliana.
Esa cautela es central. Abdo y Velázquez pueden convertirse en interlocutores de Alliana y de los gobernadores, ofrecerles un espacio para competir en la interna o intentar atraer a los dirigentes que se sientan desplazados de Honor Colorado. También pueden competir entre ellos por esos mismos apoyos. En cualquiera de esos escenarios, dejan de ser actores secundarios: pasan a ser posibles árbitros de una interna más abierta y, a la vez, beneficiarios de la fractura oficialista. Para Cartes, entonces, el desafío no es solo disciplinar a Alliana; también es evitar que la disputa empuje a sus propios cuadros hacia una coalición disidente con chances reales.
La escena revela una paradoja. Cartes fue quien impulsó a Alliana y le abrió el camino como figura presidencial de Honor Colorado. Ahora ese mismo dirigente se niega a aceptar sin discusión una decisión sobre su fórmula. No hace falta especular qué haría Alliana con el poder presidencial para advertir el problema: el gesto actual ya obliga a Cartes a medir hasta dónde llega su autoridad sobre alguien a quien él mismo promovió.
Cartes todavía puede revalidar su conducción, pero necesitará algo más que una orden. El tablero se parece menos a una estructura de obediencia automática y más a una partida de ajedrez: cada movimiento puede acercar aliados, apartarlos o empujarlos a buscar otra salida. La inteligencia política estará en reconocer que la disciplina impuesta y la unidad negociada no producen el mismo resultado.
El tiempo dirá si este episodio marca el comienzo del ocaso político de Cartes o si, por el contrario, le permite demostrar que conserva la última palabra. En política, muchos apoyos parecen firmes mientras la victoria se ve probable. Cuando las definiciones se acercan, los dirigentes suelen gravitar hacia quien consideran capaz de ganar y de proteger sus espacios. Los que hoy fijan posición podrían reacomodarse mañana. En la interna colorada, la pregunta ya no es solo quién encabezará la chapa de 2028: es quién puede hacer que los demás crean que esa chapa todavía puede ganar.
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